A los 32 años de la muerte de Salvador Allende y el golpe de estado en Chile

Es difícil referirse al golpe con objetividad, y no pretendo hacerlo. Sin embargo, más allá de la catástrofe social, de la miríada de biografías personales truncadas, desviadas o abortadas que representan no tan sólo a las víctimas totales, o las parciales, entre las que nos contamos, es necesario ‘sacarse la camiseta’ un poco para confrontar, a treinta y dos años de distancia, lo que significó y sigue significando el golpe, y quizás habría que hacerlo invirtiendo la perspectiva que pudiera parecer normal. En lugar de ir primero hacia atrás, situarse en la problemática social general y en la privada de esos momentos, sería quizás mejor evitar congelarse en el pasado y asumir la perspectiva presente, bastante menos halagadora: efectivamente el golpe abrió las puertas hacia una integración de Chile a la economía global mundial y sentó las bases de lo que se denomina “el milagro chileno”. Quedó desgraciadamente de manifiesto que, quizás por razones históricas, la izquierda no ha sido capaz de plantear una alternativa armada o no armada independiente de un proyecto democrático burgués [y por lo menos de centro derecha], teniendo que hipotecar su independencia programática para ayudar al restablecimiento de una democracia bastante más restrictiva que la que en su hora vio nacer al fermento social que dio origen a las circunstancias del gobierno de la Unidad Popular y el golpe de estado. Y eso, como el único camino posible.
El mismo carácter sangriento y represivo de la dictadura del tirano Pinochet se vio paulatinamente atenuado por las masacres y guerras que desplazaron a un rincón más y más restringido a los eventos chilenos del 73, y que vinieron a culminar con el horrendo genocidio perpetrado en Rwanda ante la mirada impávida de los organismos internacionales y del mundo occidental y los eventos iniciados el once de septiembre de 2001. En la misma Colombia del día de hoy, un organismo de la Iglesia dedicado a la salvaguarda de los derechos humanos, como fue la Vicaría de la Solidaridad, en el Chile de la dictadura, no podría existir, siendo Colombia un país 'democrático'. La escala del costo social en vidas humanas de los conflictos de El Salvador y Guatemala, 'deja chica' a las cifras de la dictadura chilena. Las banderas deológicas por las que se dieron o dejaron de darse las batallas de Chile entre el 70 y el 73, y que en realidad anteceden y siguen a ese período, han dejado de ser una de las partes principales del debate mundial de modos de organizar la sociedad, sustentarla y dirigirla, de concepciones del hombre, aunque ese vacío no ha sido llenado y su necesidad sea mayor que nunca.
El golpe chileno pasa a convertirse retrospectivamente en uno de los primeros anuncios del derrumbe de la alternativa mundial socialista. Con la única excepción de que, al revés de los casos de derrumbes del socialismo de estado europeo, este proyecto chileno fue abortado por la fuerza sin haber alcanzado a dar frutos plenos, y no se derrumbó desde dentro, corroído por la burocracia, la ineficiencia y la corrupción, como en las ex repúblicas soviéticas, sino que fue literal y simbólicamente bombardeado fuera de existencia. Quizás en momentos en que los campos de batalla del mundo se llenan de conflictos religiosos y étnicos aparentemente ajenos a la revolución social, pueda resultar difícil a la izquierda encontrar un sentido estratégico rescatable a las circunstancias del gobierno de la unidad popular. A estas alturas parece no haber espacio institucional disp onible. Cualquier intento llevará o al desconocimiento y atenuación de la plataforma programática por el gobierno progresista/revolucionario elegido, o a su estrangulamiento por la institucionalidad internacional económica y política, o al pronunciamiento o intervención, salvo que el régimen naciente cuente con poder militar y recursos.
Lo que caracterizó al proyecto político de la Unidad Popular, que personalmente me comprometió sólo a medias, siendo como era más o menos “extremista”, o “ultra”, fue en buenas cuentas el ascenso al poder por vías institucionales burguesas de un conglomerado en diversa medida izquierdista, alternativa que de algún modo atenuado, pese a las afirmaciones anteriores, pareciera estar tomando cuerpo en diversas partes del mundo, pensemos en Brasil y en mayor medida en Venezuela. Por otro lado, las iniciativas intervencionistas del estado en la economía y las nacionalizaciones, acompañadas de un proceso variable de participación de la gente en diversas instancias de autogestión, [sin que importe el origen partidario de esos esfuerzos, si las JAP oficialistas o los cordones industriales de los mayonesos y el MIR], presentan retrospectivamente un aspecto saludable en t iempos de la aceptación pasiva mundial y generalizada de una estructura económica de mercado global, que margina toda movilización social echando mano al fantasma de la reacción del mercado [ese constructo semidivino con la mentalidad de un niño idiota]. Tan saludable puede resultar el rescate de algunas instancias de participación popular durante el gobierno de la unidad popular, o mejor, en las circunstancias creadas por ese momento institucional, como puede ser la experiencia del bloqueo en Cuba y la posibilidad de que un país en esas circunstancias pueda intentar, en estos tiempos de la tan cacareada “globalización”, subsistir fundamentalmente con sus propios recursos.
Es difícil referirse al golpe con objetividad, y no pretendo hacerlo. Sin embargo, más allá de la catástrofe social, de la miríada de biografías personales truncadas, desviadas o abortadas que representan no tan sólo a las víctimas totales, o las parciales, entre las que nos contamos, es necesario ‘sacarse la camiseta’ un poco para confrontar, a treinta y dos años de distancia, lo que significó y sigue significando el golpe, y quizás habría que hacerlo invirtiendo la perspectiva que pudiera parecer normal. En lugar de ir primero hacia atrás, situarse en la problemática social general y en la privada de esos momentos, sería quizás mejor evitar congelarse en el pasado y asumir la perspectiva presente, bastante menos halagadora: efectivamente el golpe abrió las puertas hacia una integración de Chile a la economía global mundial y sentó las bases de lo que se denomina “el milagro chileno”. Que dó desgraciadamente de manifiesto que, quizás por razones históricas, la izquierda no ha sido capaz de plantear una alternativa armada o no armada independiente de un proyecto democrático burgués [y por lo menos de centro derecha], teniendo que hipotecar su independencia programática para ayudar al restablecimiento de una democracia bastante más restrictiva que la que en su hora vio nacer al fermento social que dio origen a las circunstancias del gobierno de la Unidad Popular y el golpe de estado. Y eso, como el único camino posible.
El mismo carácter de la dictadura del tirano Pinochet se vio paulatinamente atenuado por las masacres y guerras que desplazaron a un rincón más y más restringido a los eventos chilenos del 73, y que vinieron a culminar con el horrendo genocidio perpetrado en Rwanda ante la mirada impávida de los organismos internacionales y del mundo occidental y los eventos iniciados el once de septiembre de 2001. Las banderas ideológicas por las que se dieron o dejaron de darse las batallas de Chile entre el 70 y el 73, y que en realidad anteceden y siguen a ese período, han dejado de ser una de las partes principales del debate mundial de modos de organizar la sociedad, sustentarla y dirigirla, de concepciones del hombre.
El golpe chileno pasa a convertirse retrospectivamente en uno de los primeros anuncios del derrumbe de la alternativa mundial socialista. Con la única excepción de que, al revés de los casos de derrumbes del socialismo de estado europeo, este proyecto chileno fue abortado por la fuerza sin haber alcanzado a dar frutos plenos, y no se derrumbó desde dentro, corroído por la burocracia, la ineficiencia y la corrupción, como en las ex repúblicas soviéticas, sino que fue literal y simbólicamente bombardeado fuera de existencia. Quizás en momentos en que los campos de batalla del mundo se llenan de conflictos religiosos y étnicos aparentemente ajenos a la revolución social, pueda resultar difícil a la izquierda encontrar un sentido estratégico rescatable a las circunstancias del gobierno de la unidad popular. A estas alturas parece no haber espacio institucional disponible. Cualquier intento lle vará o al desconocimiento y atenuación de la plataforma programática por el gobierno progresista/revolucionario elegido, o a su estrangulamiento por la institucionalidad internacional económica y política, o al pronunciamiento o intervención, salvo que el régimen naciente cuente con poder militar y recursos.
Lo que caracterizó al proyecto político de la Unidad Popular, que personalmente me comprometió sólo a medias, siendo como era más o menos “extremista”, o “ultra”, fue en buenas cuentas el ascenso al poder por vías institucionales burguesas de un conglomerado en diversa medida izquierdista, alternativa que de algún modo atenuado, pese a las afirmaciones anteriores, pareciera estar tomando cuerpo en diversas partes del mundo, pensemos en Brasil y en mayor medida en Venezuela. Por otro lado, las iniciativas intervencionistas del estado en la economía y las nacionalizaciones, acompañadas de un proceso variable de participación de la gente en diversas instancias de autogestión, [sin que importe el origen partidario de esos esfuerzos, si las JAP oficialistas o los cordones industriales de los mayonesos y el MIR], presentan retrospectivamente un aspecto saludable en tiempos de la aceptación pasiv a mundial y generalizada de una estructura económica de mercado global, que margina toda movilización social echando mano al fantasma de la reacción del mercado [ese constructo semidivino con la mentalidad de un niño idiota]. Tan saludable puede resultar el rescate de algunas instancias de participación popular durante el gobierno de la unidad popular, o mejor, en las circunstancias creadas por ese momento institucional, como puede ser la experiencia del bloqueo en Cuba y la posibilidad de que un país en esas circunstancias pueda intentar, en estos tiempos de la tan cacareada “globalización”, subsistir fundamentalmente con sus propios recursos.
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tomado de: http://poetas.com

pacorro dijo
No sé si has repetido/copiado el texto intencionadamente..en cualquier caso el comienzo del 2º párrafo también se debería repasar pues no se entiende mucho..tampoco tengo claro quien es realmente el autor..pero quien fuere..desgraciadamente felicidades por el análisis tan certero. .."alimentando lluvias, caracolas, órgano es mi dolor sin instrumento" (MH)
22 Septiembre 2005 | 07:55 AM